Aral: la estupidez humana y el precio de la avaricia

El mar de Aral fue el cuarto mar interior por tamaño del mundo hasta que a finales de los 50 el gobierno soviético decidió desviar los dos ríos de los que se nutría dicho mar con el objetivo de satisfacer las necesidades de agua que demandaban los extensísimos campos de algodón de Kazajistán y Uzbekistán, sin duda mucho más rentables, provocando así un drástico retroceso  de su superficie y volumen década tras década hasta la partición actual en dos “mini lagos” tóxicos. Por si fuera poco, el mar también se utilizó como recipiente donde verter residuos químicos de procedencia industrial y donde realizar ensayos armamentísticos en plena guerra fría.

La gradual desaparición del mar ha condenado a la pobreza extrema a todas las poblaciones de las costas que vivían de la industria pesquera. Además, los pesticidas y fertilizantes vertidos al mar anteriormente y procedentes de los cultivos de algodón se han quedado en el fondo del antiguo mar en forma de polvo tóxico. Los vientos propios de la estepa centroasiática hacen que el polvo viaje y se esparza a lo largo de cientos de kilómetros, afectado a miles de personas y provocando la contaminación de más y más terrenos a su alrededor, la contaminación del agua potable de las poblaciones y una incidencia cada vez mayor de casos de cáncer y partos prematuros. Como al mismísimo diablo toda esta situación le parecía poco, mandó a la zona un brote bestial de tuberculosis, que se ceba especialmente con los recién nacidos desprotegidos de cualquier defensa contra la enfermedad dada su naturaleza prematura y la obvia falta de recursos sanitarios.

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A pesar de los esfuerzos por intentar recuperar algo de lo que fue el mar de Aral (a través de la construcción de presas principalmente y siempre teñidos de polémica por la innegable tensión política e intereses divergentes entre las dos naciones fuertes de la zona, Kazajistán y Uzbekistán) a día de hoy sólo una cuarta parte de la superficie original permanece. Los signos de recuperación son lentos o imperceptibles  y el “accidente” del mar de Aral es ya considerado por muchos como una de las mayores catástrofes ecológicas de todos los tiempos.

Que el desastre del mar de Aral nos sirva para comprender que la estupidez humana no tiene límites, o peor, que si mezclas estupidez con avaricia el resultado es destrucción, y me da que de estas dos cosas por aquí estamos más que servidos. Que Dios nos pille confesados.

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